martes, 20 de marzo de 2012

Vuelvo a las andadas

Vuelvo a escribir. Ya está, lo he conseguido, ya estoy lo suficientemente triste como para hacerlo, o lo suficientemente contenta.  El mundo ya me ha dado un cachete de esos que pican, de los buenos. Algunos dirán que es el karma, otros, que se trata “simplemente de la vida”. Yo prefiero pensar que soy una víctima de la maldad humana que me rodea, nada más. Pero claro, a una siempre le sobran argumentos cuando le hacen daño. Especialmente cuando el autor del mismo es el que te ha protegido del feroz mundo exterior durante años. 

Acabo de tener una conversación extremadamente interesante. Una de mis florecillas, de esas que habita en la ciudad “donde vive el sol”,  me ha llamado para contarme que lo suyo con el hombre de las caras raras se ha terminado. La templanza y la entereza de mi florecilla me ha dejado helada. Resulta curioso que alguien con corazón pueda hablar con tanta cabeza, pero es que a ella siempre le ha gustado la precisión y la exactitud.

Una tarde de verano, estando en la terreta, mi pequeña florecilla me confesó frente al mar que había “algo” que no era del todo correcto. El hombre de las caras raras había aceptado ir a compartir hogar con ella, pero sin un ápice de ilusión en los ojos. En su agradable morada, perfectamente decorada y acondicionada, el hombre de las caras raras no saltaba encima de ella con pasión, ni disfrutaba eligiendo las cortinas.

Mi pequeña florecilla, que siempre ha sido muy precisa y exacta, sentó al hombre de las caras raras en una silla y le preguntó. Ante las dudas, la florecilla no tuvo ninguna. Hoy me lo decía de forma precisa y exacta: “yo merezco a alguien que me mire a la cara y lo sepa, sin más, sin dilación, sin titubeos, sin ojos tristes”.

El hombre de las caras raras se arrepintió, ya sabéis, no por convicción, sino por la posibilidad del arrepentimiento en el futuro, ese terrible fantasma. Pero mi florecilla fue rotunda porque según confesó en la maldita conversación: “jamás, hubiera pasado el tiempo que hubiera pasado, habría tenido el valor de decirle la verdad y hubiera dejado que pasaran los meses y lo años, y la vida, con alguien de la que, en el fondo, no se sentía enamorado”… Terrible, aterrador.

Hace un tiempo que alguien me pregunto: “¿es que te has conformado?”. Respondí con rotundidad e indignación. Mentira.

En el día de hoy, que ha sido poco intenso, he recibido un consejo vía Facebook de un amigo que, por ser acertado, preciso y exacto, como mi florecilla, voy a reproducir literalmente. “Es difícil, liberarse del pasado, más aún cuando estamos acostumbrados a él... pero que una experiencia presente, no te haga caer en antiguos errores. Es mejor cometer nuevos errores, aunque nos humillen y duelan”. Desde aquí me quito el sombrero Matarreyes.

Y por eso ahora me siento dispuesta a cometer más errores todavía, los que hagan falta.  Sonrío por el más reciente y pido muchos más siempre que me hagan sentir, aunque sólo sea, un pequeño escalofrío por la espalda…

¡Un saludo a todos!

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